Suena el despertador, comienza la carrera, hay
que darse prisa, el agua para el té, la ducha que aún duerme, el desayuno con
fibras, vitaminas, algo de cereal para el vigor y el infaltable café para el
valor. Sí, el que hace falta para no morir en el intento. ¿Tostadas, mermelada?
Da igual, casi suena el disparo de salida y aún no se ha vestido, hay que
correr y no puede salir así, sin maquillaje. Se viste de prisa, se maquilla a
medias, el resto por el camino. La hora de entrada, la de salida. Los
compromisos de la agenda, los que no estaban en agenda, los antojos de
cualquiera, las prisas de los otros, las de aquéllos y las de los demás.
Va muriendo el día, el trabajo no acaba y
mientras tanto, la despensa vacilándose al punto mínimo del inventario, la
comida fría, los pagos pendientes, la panadería, la basura sin sacar, la casa, la
familia, el banco, el teléfono, el cuadro reposando en el suelo a la espera del
clavo que nunca llega, el cabello, sus manos: un caos andante. Aparente desorden,
cabeza de nuevo en orden, ideas en ebullición, una respuesta para todo. Así el lunes, así el viernes, así cualquier
día. El sábado, las compras pendientes, el
libro aburrido en la mesita, la lavadora, la mercancía para la despensa, las
cortinas gritando auxilio ahogadas en polvo, el asa rota de la olla, los lentes
empañados ocultando la derrota y la carrera en pleno desarrollo.
Por fin llegó el domingo, la cama nota algo
extraño: ella sigue allí. Un poco de sosiego, parece que aún respira. Sigue
viva, tiene células nuevas, aunque cada vez son menos, y las que quedan hacen
lo que pueden. Se aleja su mente y su
cuerpo yace sólo, no quiere moverse, evitan encontrarse mente y corazón, es
mejor no despertarlos aún. Lo soluciona
sin hacer ruido, tranquila, confiada en que los dos siguen soñando… ella sigue mirando
el techo y respirando… terminó la semana y ya no quiere pensar…

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