viernes, 18 de agosto de 2017

Una semana cualquiera

Suena el despertador, comienza la carrera, hay que darse prisa, el agua para el té, la ducha que aún duerme, el desayuno con fibras, vitaminas, algo de cereal para el vigor y el infaltable café para el valor. Sí, el que hace falta para no morir en el intento. ¿Tostadas, mermelada? Da igual, casi suena el disparo de salida y aún no se ha vestido, hay que correr y no puede salir así, sin maquillaje. Se viste de prisa, se maquilla a medias, el resto por el camino. La hora de entrada, la de salida. Los compromisos de la agenda, los que no estaban en agenda, los antojos de cualquiera, las prisas de los otros, las de aquéllos y las de los demás.
El día se atasca y avanza a paso lento, más despacio que el reloj, o tal vez es el reloj el que se acelera y gana la carrera.  Quizás demasiadas tareas desbordando los minutos. El cabello descompuesto, pero aún en su lugar,  la sonrisa desgastada, pero no dormida. Muchas células sobrando, otras naciendo, demuestran que sigue viva, aunque a veces parece ausente. La cabeza por un lado y el corazón por otro, pero eso sí, molestando, el corazón siempre molestando y riéndose a escondidas cuando logra que ella se desconcentre y se equivoque.  ¡Cuánto se habrá equivocado ya! Es que no cesan las riñas entre ambos y ya ni siquiera sabe si existe un ganador.
Va muriendo el día, el trabajo no acaba y mientras tanto, la despensa vacilándose al punto mínimo del inventario, la comida fría, los pagos pendientes, la panadería, la basura sin sacar, la casa, la familia, el banco, el teléfono, el cuadro reposando en el suelo a la espera del clavo que nunca llega, el cabello, sus manos: un caos andante. Aparente desorden, cabeza de nuevo en orden, ideas en ebullición, una respuesta para todo.  Así el lunes, así el viernes, así cualquier día.  El sábado, las compras pendientes, el libro aburrido en la mesita, la lavadora, la mercancía para la despensa, las cortinas gritando auxilio ahogadas en polvo, el asa rota de la olla, los lentes empañados ocultando la derrota y la carrera en pleno desarrollo.

Por fin llegó el domingo, la cama nota algo extraño: ella sigue allí. Un poco de sosiego, parece que aún respira. Sigue viva, tiene células nuevas, aunque cada vez son menos, y las que quedan hacen lo que pueden.  Se aleja su mente y su cuerpo yace sólo, no quiere moverse, evitan encontrarse mente y corazón, es mejor no despertarlos aún.  Lo soluciona sin hacer ruido, tranquila, confiada en que los dos siguen soñando… ella sigue mirando el techo y respirando… terminó la semana y ya no quiere pensar…

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