Lo
escuchaba atentamente mientras su verborrea comenzaba a inquietarme. Sonreía muy seguro de lo que hablaba,
fácilmente dejó al descubierto su perfil. Él dirigía la conversación hacia sus
intereses, quería saber de mí, mientras yo esquivaba sus pretensiones y él
seguía mostrando su cara más abierta. No
le dije mucho, no contrarié su exposición, quería saber qué hay detrás de la
gente que se pone siempre del lado del merecer. Es que eso fue precisamente lo
que identifiqué en él: se sentía el gran merecedor.
Todo
lo merecía, todo le tocaba, todo le convenía, se lo asignaban, le correspondía. Se sabía todas las leyes, sin ser abogado…
Bueno, más bien se sabía todas aquéllas que le generaban alguna
correspondencia, algún beneficio: social, económico, jurídico, espacial,
existencial, terrenal, universal, estelar…
Eso
no está mal, pero… También decía que somos todos iguales y lo veía rebuscar
entre artilugios cualquier vestigio de similitud al verbo merecer, para
llenarlo de nuevas ideas que se parezcan a las que ya están, pero que a la vez
impacten por aparentar novedad y desafío. Lo observé con detenimiento mientras
él insistía en su merecer y su igualdad.
La verdad que mientras más lo escuchaba y lo observaba, menos igual a él
me sentía.
Lo
dejé hablar, me parecía que tenía un enorme telón negro que rozaba su nariz
redonda y grande. Sus estrategias
estaban pintadas en ese telón, muy al alcance de su mano. Pero él no se daba cuenta de que hasta el
telón que no lo dejaba ver, lo habían hecho otras manos, otros esfuerzos, otras
ideas. No se daba cuenta de que llevaba
encima, en su ropa y en sus pies, en sus anteojos y en sus manos, los esfuerzos
de otros que no pensaron en merecer, sino en generar. ¿Y si no hubiera? ¿Qué
merecería? ¿Acaso el vacío o la miseria repartida entre los merecedores que
queden? ¿Y los generadores? Tendrían que
estar en algún lugar: actuando, haciendo, pensando, moviendo, calculando,
analizando, arriesgando, mientras él se dedicaba a merecer.
Y
me quedé pensando… ¿Y si todos nos dedicamos a merecer, qué mereceríamos?
Quienes se atribuyen grandes merecimientos, ¿saben acaso de dónde salen sus
pretensiones? ¿Comprenderán que no hay nada que merecer mientras el inventario
esté vacío? ¿Comprenderán que esos
papelitos llenos de signos y colores guardados en los bolsillos y en los bancos
no se reproducen en los bosques, o en las impresoras y que sólo valen cuando
hay algo que generar? ¿Por qué ese empeño
en merecer lo que no hay, lo que no está, o más bien, lo que generan los
demás? Siempre lo que hacen los demás es
más fácil hasta que nos toca hacerlo a nosotros.
Él
seguía hablando y mientras más hablaba, menos igual a él me sentía. Yo prefería sentirme hacedora. Y mis ganas de ser diferente se acrecentaban
cada vez más. Y no quería que me
repitiera que éramos iguales. Es que yo
no quería ser así, sólo aspiraba poder andar por el mundo con la libertad que
mis propias ansias me llevaban a buscar, con mis ganas de volar en mi cielo y
con mis alas, a mi ritmo, con mi danza.
Aprender y enseñar y hacer y rehacer y construir y seguir haciendo.
El
merecer puede resultar reconfortante, pero antes debe haber un hacer, un
profundo hacer, que evite la degeneración del merecer. Y es que construir el propio merecer da más
satisfacción que estudiar la ruta para que, lo que no se sabe de dónde viene,
llegue hasta las alforjas y las llene con un ajeno botín. El límite entre lo propio y lo ajeno, lo
particular y lo colectivo hicieron implosión en mi mente y no me dejaron pensar
más.
No
se lo dije, no estaba en mi mejor ánimo.
Mientras lo observaba y escuchaba, pensaba que ese prolongado merecer
habría sido el que había arruinado a aquel país dedicado a dignificar la
inexistencia para justificar el mal hacer de sus dirigentes, incapaces de ver
más allá del mismo telón que vi en la nariz de mi contertulio, el merecedor.
Decidí
que ya era el momento de irme y preferí pagar yo la cuenta. Él se merecía mi agradecimiento por saberlo
escuchar, mientras me convencía a mí misma de que no quiero ser igual a él.

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