viernes, 27 de noviembre de 2015

Amada, siempre amada…

Estaba y no estaba.  Miraba y sonreía.  Su mirada era tan dulce, pero ni ella misma la entendía.  Se despidió un día y luego otro día... y así, muchos días. Ya no sabía si saludaba porque llegaba, o se despedía porque se iba.  Estaba cansada, se despistaba y ya no hacía esfuerzos por volver a la vida.

Antes caminaba confiada, reinaba en su casa, dirigía, decidía.  Su mirada era certera, inspiraba confianza.  Hoy inspira ternura, como quien la lleva de la mano, la cuida y la orienta.
 
Ya no habla.  Sus ojos dicen lo que sus labios callan.  Y es que gritan que allí hubo mucha vida, mucha pasión, muchas alegrías y también muchas lágrimas.  Porque el sentimiento era enorme, las ganas de empujar y de hacer, los deseos de inventar y hasta de equivocarse… total, cada equivocación era una experiencia que la hacía más fuerte, más decidida.

Siempre había tardes cansadas y mañanas ajetreadas.  Siempre había noches de consuelo, noches de armonía y también de arrebatos de locura.  El tiempo la perseguía y ella jugaba a adelantarlo, trepando sobre las agujas.  Pero fue el mismo tiempo el que la estremeció un día y la empujó montaña abajo, y con ella cayeron sus recuerdos, sus momentos guardados en frasquitos que, como los perfumes, soltaban su aroma cada vez que los abría.  Ahora los destapa y todo se ha esfumado, ya no quedan los olores, esos que antes la llevaban al manjar de los recuerdos.

Parece humo blanco que desaparece cuando sube y se lo traga el cielo.  Parece neblina que no deja rastro, y sin embargo sonríe y pareciera que al caminar esparciera pétalos desde una cesta, porque a su paso deja cariño y ternura, aunque ya no sabe ni a quién, ya no sabe el porqué.

La veo pasar,  llevada de la mano aunque ya no es niña, pero se pierde si la sueltan.  Ojalá tantos tuvieran una mano como la que a ella la guía.  Desprende tanto amor que es imposible no recibirlo.  Dulce señora de los ojos distraídos, de la sonrisa ingenua y despistada, de las palabras desacopladas, del caminar inadvertido.

Una noche sin estrellas invade su cabeza, solo una luz que la lleva de la mano le indica en su camino que ha habido mucho amor, que todavía la quiere, que merecer seguir siendo amada.   Eso seguro que sí lo siente, aunque ya no sea capaz de entender lo que le escriben, ni lo que le dicen, ni por qué la quieren, porque ella ya no sabe de historias, ni de amores, no sabe de placeres, no sabe ni dónde vive.


La veo pasar de nuevo, distraída, pero lleva atada su sonrisa a esa paz que inspira.  Quién sabe si volverá a saludar o se despedirá.  Quién sabe si comienza o si termina, si será feliz en su rutina.  Ella solo sonríe y deja regados los trozos de su mirada en los ojos ajenos de quien va siempre a su lado.

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