domingo, 8 de febrero de 2015

Mi Niña Venezuela

Hoy les quiero contar una historia real, esta vez no se me escapó de un sueño, por absurda que parezca. Le ocurrió a mi linda mamá, una de esas tantas anécdotas que recorren el día a día de todos los venezolanos en su transitar por la vida en mi querido país, y que ella, como tantos otros, ha sabido afrontar con valentía y decisión. Son dos atributos que muy bien han sabido cultivar los venezolanos para subsistir a la tormenta de episodios absurdos que empujan a un vacío inexplicable a la sensatez y a la cordura.  Y eso sí, con muchísima paciencia, magnífico remedio para soportar los límites de lo absurdo, pero que poco a poco, también está llegando a su propio límite.

Mi mamá se propuso realizar una transacción financiera (envío de dinero al exterior), de esas cuyos trámites en un país como España puede demorar unos veinte minutos en un banco, incluyendo el tiempo de espera para ser atendido.  Sin entrar en mayores detalles para no complicar esta historia, les comento que uno de los requisitos que le piden para tramitar esta transacción es una Carta de Residencia, como las que en España se solicitan en cualquier oficina del Ayuntamiento y el funcionario que atiende no demora ni tres minutos en imprimir y poner un sello, para luego entregar con la firma electrónica del Alcalde. Pues este trámite en Venezuela a mi mamá la ocupó durante varios días, más bien, semanas,  y generó muchas incomodidades y anécdotas que ahora paso a contarles.

Esta Carta se debe solicitar en lo que ahora se llama la Intendencia, antes la Prefectura (sigo sin entender el cambio de nombre).  Y esto es lo que me cuenta mi mamá que le ocurrió:
Llegué a la oficina de la Intendencia.
- “Buenos días, ¿Podría indicarme qué necesito para obtener una Carta de Residencia?” pregunté amablemente.
- “Necesita leer el instructivo y allí están los requisitos”, me respondió una chica.
- “¿Y dónde consigo el instructivo?”
-“Vaya a la tienda de fotocopias que está al frente y allí lo compra”
Requisitos: Original y fotocopia de Cédula de Identidad, del Registro de Información Fiscal (RIF), de una de factura de algún servicio domiciliario (agua, electricidad, teléfono), de la declaración jurada de dos testigos y de un Certificado de Residencia emitido por el Consejo Comunal de su Parroquia.

En este último requisito se inició todo un laberinto de desaciertos.  En primer lugar, saber qué es eso del Consejo Comunal de la Parroquia y dónde está. Preguntando a varios vecinos logré saber que funciona en una quincallería, uno de esos comercios pequeñitos y desordenados en los que se consigue de todo un poco.  Está ubicado en una pequeña calle cerca de mi casa. Voy y me atiende una amable señora, me entrega una planilla que debe llevar tres firmas, una es la de ella misma, pero las otras dos las debía procurar yo, así como a la persona que le colocaría el sello.  Dos firmas y un sello que tenía que empezar a buscar “por ahí”.

Resulta que uno de los firmantes vive al lado de esa tienda y en un callejón cercano vive el otro.  Solicito al primer vecino y me dicen: “Él no está porque está “embarcao”.  Venga el sábado por la tarde”.  No entendí a qué se refería con “embarcao”, pero seguí en mi búsqueda.  Fui a solicitar al otro vecino.  Me atiende una señora y me dice: “Él tiene tres días que no viene, debe estar “embarcao” ”.  Otra vez la misma expresión. Quizá mi cara de sorpresa la hizo correr en mi auxilio y me dijo: No se preocupe, vaya al Módulo (se refería a un centro de atención sanitaria) y solicite a la señora Fulana, que ella tiene el sello y después venga el sábado para que le firmen.  Luego de tres visitas a ese Módulo, por fin consigo que le pongan el sello a la planilla, pero me seguían faltando las otras dos firmas.  Llegó el sábado y me dispuse a buscar a los señores “embarcaos”.  Pregunté por el primero y me dicen que está con unos amigos jugando dominó en el callejón, que busque donde vea a un grupo reunido. Así lo hice y allí estaban los dos.  Por fin conseguí las otras dos firmas.  (Por cierto lo de “embarcao” se refería a que trabajaban en barcos petroleros y estaban laborando en jornadas de más de un día).

Sentí un gran alivio al pensar que por fin después de varios días, tenía ese documento y sólo me faltaban unas cuantas fotocopias para solicitar la dichosa carta.  El jueves siguiente en la mañana volví a la Intendencia, esta vez, con todos los requisitos (eso creía yo).  Cuando por fin ubico a la funcionaria que las recibe me dice que tengo que ir por la tarde a partir de la una.  Regresé por la tarde con los dos testigos que solicitaban y entonces me dicen que no me lo pueden recibir porque es jueves y eso se recibe de lunes a miércoles de una a tres de la tarde.  Se me ocurrió pedirle que al menos revisara lo que llevaba, no vaya a ser que en la próxima visita me dijeran que aún faltaba algo.  Accedió a hacerlo, y así fue, faltaba algo: el registro del Poder Popular y el historial de la administración de divisas (Cadivi), lo cual no estaba en la lista de requisitos inicial que había comprado en la tienda de fotocopias.  Mi decepción era evidente.  Y ahora dónde consigo estas cosas. Me responde que lo busque por Internet y me aclara que cuando regrese con los requisitos debo llevar una resma de papel (un paquete de folios) como “colaboración”, porque sin eso no me hacen el trámite.

A punto de entrar en un ataque de nervios, pensando en mi poca habilidad con el Internet, decidí dirigirme a la oficina que tramita la transacción financiera, origen de todo este laberinto de instrucciones y desaciertos.  Después de varias horas la chica que me atiende me dice que ya me tiene el historial de Cadivi, ahora me faltaba lo del registro del Poder Popular.  Entonces me dirigí al Consejo Comunal (la quincallería), a ver si tenían idea de qué era esto.  La señora no sabía de qué le hablaba, pero me dijo que buscara a otro vecino para que me ayudara, que lo podía conseguir en el callejón de atrás, entre el pozo (de petróleo) y la zanja. Con esa instrucción me dirigí al lugar.  El señor no estaba y regresé al día siguiente.  Cuando por fin hablé con él, me dice que la planilla que he usado no sirve (la que me dio inicialmente la señora de la quincallería), que debo buscar a otra vecina y me indica que vive en una calle cercana al lado de donde venden pan casero, cerca del semáforo.  Me armé de paciencia y con esa instrucción fui en su búsqueda.  La encontré después de intentarlo durante tres días.  Ella tampoco sabía de qué le hablaba, pero amablemente me quiso prestar ayuda.  Buscó por Internet y encontró una planilla diferente. Volví al principio de esta historia, a buscar otra vez el sello y las tres firmas (la de la señora de la quincallería y las de los dos “embarcaos”). Ya por segunda vez se me hizo más fácil la travesía.

Regresé a la Intendencia, carpeta en mano y mis dos testigos.  Luego de unas dos horas por fin me atiende la misma chica de la última vez. Me dice que esta planilla sí tiene el sello del Poder Popular.  Pero resulta que es el mismo que tenía la planilla anterior y se lo dije. No me prestó atención y preferí no insistir.  Mucho me había costado llegar hasta ese punto del laberinto. Casi no me creía que por fin me recibía la planilla para poder darme la tan buscada Carta de Residencia.  Pero resulta que no llevé el paquete de hojas de papel o resma que me solicitó de “colaboración”.  Y me dijo que sin eso el Registrador no firma ninguna Carta.  Luego agregó que si le daba la mitad del precio de una resma de papel en dinero efectivo (que están carísimas, además de escasas), entonces me conseguiría la firma del Registrador.  Y así fue.  Tuve que pagar.  Por fin conseguí completar uno de los requisitos para poder continuar los trámites de lo que en teoría debía ser una simple transacción financiera.

Esto es lo que me contó mi mamá, una abuela maravillosa y tenaz, dispuesta a superar obstáculos absurdos para conseguir sus propósitos. Parece un chiste cruel, pero es la triste realidad.  Y triste me quedo pensando que la presencia de lo absurdo recorre la geografía de aquel país que todos llaman rico. La tenacidad y la paciencia se han vuelto las armas más poderosas con las que se afronta la vida en ese mar donde todo pesa y todo se hunde.  Cuando es tan fácil construir un bote y navegar, se empeñan en poner pesados yunques a los pies del que quiere mantenerse a flote para luego volar. Una lucha constante no sólo por subsistir, sino además por no perder la razón en el intento. Qué absurdo, cuánta mediocridad riéndose de la inteligencia.  Cuánta inteligencia doblegada sin remedio a la mediocridad del absurdo y violento poder.  

Mi amado país, Venezuela, ése que tiene nombre de mujer.  Cuando cierro los ojos y trato de imaginarlo, mi mente retrocede en el tiempo, y más que mujer, la veo niña.  Una niña bonita, dulce e inocente, pero no la veo con uniforme azul colegial correteando por un parque, moviendo feliz su cabello dividido en dos coletas, ni atrapando grillos para intentar hacerlos comer los pétalos olorosos de una flor silvestre crecida a los pies de un columpio. Y aunque intento, tampoco logro verla dando vueltas a su falda buscando que en algún momento se convierta en alas de mariposa para intentar volar, como tantas veces quise hacerlo yo en mi niñez.  En su lugar veo una niña dulce, tan bonita, pero maquillada como aquella mujer que espera en una esquina que un sin amor le robe una vez más el aliento y le despoje su intimidad. Labios rojos que no son suyos, colorete desangrado en las mejillas, mirada desesperada escondida en un negro delineador y sombras de absurdos colores que ridiculizan sus suaves párpados.  Vestida con harapos cual mendiga.  Lágrimas que se oscurecen mientras recorren la suave piel de su cara manchada con ese maquillaje ridículo y absurdo.  ¡Qué te hemos hecho Venezuela!  ¡Y  qué hiciste tú para ser tratada así!


Sigo soñando verte algún día con tu cara de niña bonita, limpia y pura, con ojos de miel de abejas, con tus mejillas sonrosadas de tanto jugar y correr por verdes paisajes, con tus coletas bailándole al viento, con tu voz de inocente criatura cantando infantiles canciones al mar que peina tu norte. Quiero verte despojada de ese ridículo traje que hace mendigar tu nombre.  Tú no eres así. Te hemos hecho así.  Dios permita que la cordura vuelva a teñir tu pelo con el color de la humildad, de la sensatez, del simple sentido común, para olvidar ese color indecente que entristece tu presencia de niña bonita.  Mientras tanto, te seguiré soñando. Seguiré lanzando deseos al mar y te seguiré queriendo, mi niña Venezuela…

1 comentario:

  1. Tu relato, claro, preciso y bien documentado, tropieza con la chabacanería y trivialidad de los gobernantes del país, no se puede pedir más, todo lo narrado está al nivel de los mandatarios, no tienes rencor ni detesta, solo tienes deseos y aspiración para que tu país se encauce y sea lo sublime que se merece. Tu reflexión final muy agraciada.

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