viernes, 24 de marzo de 2017

Mi cielo y yo


Me enamoré del cielo cuando lo vi mirándome desde su lejanía, a veces tan cercana. Su azul dejaba de ser pálido y se iba haciendo más intenso a medida que su estrella grande se ocultaba tras las nubes. Y ellas, escurridizas y anónimas esparcían sus faldas, que como alas de ángeles se dibujaban en desorden sobre aquella estampa que me enamoró. Sí, me enamoró y lo seguí mirando hasta que oscureció. 
Cómo olvidarlo si él estaba allí y me mostró su brillo. Se acostaba sobre el mar, quieto, sosegado. Respiraba mi cabello, lo hacía con el viento. Seguramente envió con él sus mensajes, que me llegaron al oído en forma de caricias suaves y con olor a sal. Me cantó al oído, me susurró poesías. Olía a perfume de mar, a baño de sol. 
No había pájaros en aquel cielo, seguramente prefirieron quedarse en sus ramas contemplándolo como lo hacía yo.

jueves, 16 de marzo de 2017

Inmensamente ella


Muchos creen que lo que se mueve alrededor lo hace sólo a ritmo de lo que piensan quienes observan y dirigen el gran teatro.  Pero es que hay muchos actores y vienen de muchos lugares. Y lo que para algunos es normal, para otros varía entre el disparate y la ingenuidad.  Que cada pueblo crece a su modo, le digo a los que no entienden.   Que sí, que somos copias, somos imitación, que las conductas se expanden como un juego de espejos encontrados. Que hay quienes quieren reflejar la imagen que no está, la que se cruza desde el otro espejo y de pronto aparece en el espejo frontal con otro perfil, con otra mirada, pero haciendo lo que hacen todos.

viernes, 10 de marzo de 2017

La pregunta que faltaba


Había pasado ya mucho tiempo.  Ella había imaginado tantas veces lo que no llegaba, lo que no ocurría, lo que no existía.  Miles de preguntas se enredaban en su cabeza de vez en cuando, mientras esperaba que se hicieran realidad las respuestas. Ese amor con el que soñaba desde niña no tocaba su puerta.  Lo había escuchado en la letra de las canciones, lo había visto en las películas románticas, en las historias ficticias y en las reales.  Todo lo que escuchaba y veía le hacía una inmensa ilusión.  Entonces comenzaba a imaginar momentos y preguntas, conversaciones, cosquillas, imaginaba besos, olores, caricias, caminatas, bailes, tardes en el supermercado, discusiones sobre el aderezo de la ensalada o sobre el color de la pared. 

jueves, 2 de marzo de 2017

Embriagada de sueños

Creo que no me sentó bien el cuento de hadas que me tomé esa noche.  Lo serví en la copa más elegante que encontré.  Alucinaba.  Veía flores y enanos gentiles por todas partes.  Seguramente estaba adulterado o quizás, caducado.  O tal vez la caducada era yo, en mi empeño en tomarme en copas los capítulos de la vida, después de dejarlos fermentar para hacerlos más gustosos, para suavizar su mosto y deleitarme con su sabor embriagante.
Quizás me pasó como a Alicia, cuando en medio de sus maravillas se volvió diminuta.  Así estaba yo ante aquella copa desproporcionada. Una talla poco apropiada, dirían algunos.  Una sobredosis de sueños y de ilusiones, que me dejaron un poco tocada, desvirtuada.

sábado, 25 de febrero de 2017

La batalla ficticia de una guerra real


Era una vez un pueblo en el que se luchaba una gran guerra.  Todos querían el poder para gobernar y aplicar su estilo y sus maneras ¡y dominar!  En esa gran guerra había batallas que se libraban entre varios grupos y mientras las batallas ocurrían, unos parecían ganar el liderazgo, mientras otros parecían perderlo.
Llegó el día de la batalla final y todo ocurrió un poco al revés. Fue un día de extraña gloria en la que ganó el grupo que parecía perder y perdió el grupo que parecía ganar. Entonces, el grupo que parecía ganar, pero que perdió, tuvo que tragarse la arrogancia que engalanaba cada movimiento de sus espadas.  Se llenaron de indignación, de estupor, de rabia y desconsuelo. No se imaginaban perder así. Toda la confianza que habían ganado entre la gente del pueblo se estaba desvaneciendo.  No se lo podían permitir.  Fueron pasando los días y ya no se hablaba de ellos, sólo se les mencionaba para comentar la terrible pérdida en el momento menos esperado. La avalancha los hundía y no estaban dispuestos a asumir una pérdida de tal magnitud.

viernes, 17 de febrero de 2017

El encuentro más deseado

Por fin estaban tan cerca como lo habían imaginado. Sus risas tontas empañaban el ambiente. Sus ojos no encontraban la salida, sólo sabían que habían entrado en ese recinto abierto y lleno de luz que los recibía. Olía a espuma de café, a vapor de flores silvestres, a bruma encendida, a calidez...
Se sentaron cerca de las piedras. No sabían si respiraban o palpitaban. Sus manos se llenaban de ansias, sus pechos de deseos.
Faltaba el aire en aquel lugar rodeado de espacio. Faltaba el sonido en aquel escenario decorado con nubes. Faltaban las palabras que se agrietaban sin salir. Sobraba brillo en aquel cuarteto de pupilas encendidas. Sobraban disparates sin sentido soltados al azar a ver si encajaban en algún lugar. Sobraban los temblores en las manos, sobraba la gente, sobraban las copas añejas desoladas en el rincón de la baranda.

viernes, 10 de febrero de 2017

Un diálogo en desencuentro


No podía evitar escucharlas.  Charlaban como si estuviera cada una en su patio. Las escuché desde mi silla mientras notaba que algo no andaba muy bien allí, así que presté más atención a sus palabras: 
- Necesitaba tanto hablar contigo.  Me siento tan ahogada, es que no sé si decírselo o no, me siento tan insegura.  Tal vez todo es pasajero y al final resulta en nada.
- Pero si no le gusta nadar no debes obligarlo.  No te compliques tanto, siempre hay más opciones.
- ¿Pero de qué opciones hablas? ¿Quién habla de nadar? Te digo que es serio lo que me está pasando.  O tal vez le estoy dando demasiada importancia a algo que es como un juego, algo quizás pasajero, de sólo un rato.
- Sí, te pasa a cada rato.  Ya me lo dijiste antes.  No debes insistirle, ya él verá lo que quiere hacer con su tiempo, todavía es muy joven.

jueves, 2 de febrero de 2017

Un diario a voces

- ¿Qué tal amigo? Tanto tiempo sin vernos. Ven, que sólo tengo un momento y aprovecho para contarte algo: ¿Te acuerdas de nuestro común amigo: Arturo, con quien solíamos encontrarnos al salir de clases?
- Sí amiga, claro, Arturo. Él siempre llevaba una bolsita misteriosa en la que nunca supimos lo que guardaba.  Lo mismo le pasaba a Rodolfo, ¿te acuerdas?, tenía unas mañas tan raras que sólo su madre las entendía.  Por cierto, al cuñado de Rodolfo lo operaron hace poco.  Por fin descubrieron lo que tenía, ya la familia no encontraba qué hacer.  Su hermana Inés, la que siempre sacaba a pasear los perros, me contó el otro día que todos estaban muy contentos porque por fin Rodolfo estaba volviendo a ser el de antes. La familia se había venido abajo con tantos problemas y encima el asunto económico.  Después de lo que tuvieron que soportar en la empresa, con el desfalco que les hicieron mientras ellos confiaban en su administrador: el hijo de don Rafael, el de la carnicería…  Es que casos como el de esa familia ocurren con más frecuencia de lo que pensamos. ¿Tú supiste lo de los Pedrales, los vecinos de Julito, el que siempre estaba con Fabricio, el hijo del profesor de inglés? Pues resulta que esa familia terminó dividida en dos.  Y la política también hizo lo suyo, socavando los problemas que ya habían tenido que afrontar, como si ya llevaran poco. Al final, los gemelos quedaron cada uno en un lado de aquella división.  A uno de ellos lo vi en casa de Felipe el día del cumpleaños de Marta.  Nunca me pierdo esa fiesta, siempre ha sido el mejor momento de encuentro de los amigos de toda la vida.  Y la comida que había en el cumpleaños estaba mejor que nunca.  Hasta Pablo, que siempre se queja de todo, no hacía más que elogiar la esmerada atención de los anfitriones y el maravilloso menú que prepararon para ese día.  Ni punto de comparación con el reencuentro que festejamos el año pasado en la casa de la playa de Ricardo, el primo de Esteban, que siempre se colaba en nuestras movidas y al final terminó siendo uno más de nuestro grupo.  Pues te diré que Ricardo terminó casándose con la novia que tuvo en aquella época en la que hacíamos las excursiones a las montañas.  Su nombre creo que era Luisa, ¿te acuerdas? que tenía una hermana que estudiaba enfermería y fue la que atendió a Ernesto cuando se cayó de la bicicleta mientras la estrenaba después de su cumpleaños. ¡Quién se lo iba a imaginar!... Y para imaginación, la del hijo de doña Diana, la costurera que siempre nos ayudaba cuando preparábamos aquellas fiestas de carnaval que también hacíamos en la casa de Ricardo.  Pues su nombre no lo recuerdo, pero hasta famoso se ha hecho con los diseños extravagantes que se la pasa inventando.  El otro día vi un reportaje que le hicieron en la televisión y si lo vieras, está igualito, ni engorda ni envejece.  No como Arturo, que entre lo calvo y lo gordo que está, no hay quien lo reconozca.  La verdad que la vida a unos castiga y a otros premia.  Pero a él no le ha tocado precisamente el premio.  Supe que enviudó, hasta eso le ha tocado pasar al pobre, como si no hubiera tenido suficiente con la vida que ha llevado, nada envidiable.  Por cierto, ¿tú me ibas a decir algo de Arturo?

sábado, 28 de enero de 2017

El día de mi fuga

Hoy no estuve.  Decidí fugarme un rato conmigo misma. Necesitaba ese encuentro.  Me perseguía un vacío que se adueñaba de mí a ratos y extraía de mí mucho más que mi atención.  De pronto me vi entre fogones, queriendo atizar los espacios, los momentos, queriendo moldear una nueva vida.  Entonces caminé hacia donde me empujaban las chispas que salían de mis brasas.  Allí estaban los recuerdos más espesos.  Los mezclé todos, los aclaré un poco mientras los batía con energía hasta sacarles espuma y los pasé por un colador para que no pasara la borra amarga y sucia.  Los guardé un rato en la nevera hasta que cuajaran.   La idea era que se mantuvieran fríos y cambiaran su apariencia.  Debían ser más suaves, más cremosos.
Busqué deseos en la alacena.  Tenía que haber muchos, estaba segura de haber almacenado unos cuantos.  Allí estaban, empaquetados de diversas formas y, por supuesto, cada uno ajustado con un gancho cuyo color hacía perfecto juego con el color de cada paquete.  No lo puedo evitar, los paquetes deben combinar con sus ganchos, incluso si estoy en una fuga mental.
Comencé a leer las instrucciones de cada paquete de deseos. Especificaban muy bien las cantidades a mezclar y los aderezos a agregar, pero yo preferí hacerlo como me apetecía en ese momento.  Así que tomé un poco de lo que había en el paquete azul, mi preferido, aunque nunca sé lo que guarda dentro.  Tenía puesto un gancho blanco, que lo mantenía cerrado herméticamente.  Así lo había dejado la última vez que lo usé, aunque no recuerdo cuándo fue.  Azul y blanco, combinaban perfectamente.
Los deseos del paquete azul son algo misteriosos, pero a mí me encantan, porque me sorprenden y por lo general, me superan. Medí dos tazas, quería dos porciones, y las reservé en un bol transparente y delicado.  Es lo que se merecen unos deseos tan especiales. Abrí la gaveta de las especias.  Había amor triturado, esperanza en polvo, sonrisas en hojuelas, sabiduría en granos, semillas de paciencia, locura desecada, alegría en forma de unas diminutas zapatillas de baile, imaginación envasada al vacío, dulce de besos en curiosos tarritos de mermelada y unas pepitas de colores que no sé lo que eran, pero su etiqueta decía que daban buena suerte.  Había más especias, pero me gustaron esas, parecían perfectas y yo necesitaba un poco de eso.  Estaba rota y hueca.

De repente, sentí un olor humeante que venía de afuera.  No me gustó, olía a desprecio, a olvido, a desesperanza.  Un olor turbio que abría mi agujero, el de la herida en mi rotura.  Entonces cerré las ventanas y me quedé sola y tranquila.  Respiré hasta conseguir el aroma a soledad que necesitaba para continuar con mi receta.
Mezclé en un gran tazón los recuerdos que ya estaban blandos y fríos, con las dos raciones del paquete azul de los deseos.  Utilicé la cuchara de madera que me regaló mi mamá, la que ella utilizaba para revolver las tazas de ilusión que nos servía en las mañanas y que estaba acostumbrada a sus manos y a su suavidad.  Utilicé movimientos envolventes, como ella me enseñó y fui agregando poco a poco pequeñas raciones de las especias que había reservado para mi nuevo momento.  El color de aquella mezcla se hacía cada vez más brillante, lucía apetitoso.  El fogón estaba a la espera y a punto para recibir aquella mezcla inusual de mi momento fugaz. Se fue cociendo lentamente, a la vez que se doraba y se convertía en una deliciosa masa, una especie de pastel enriquecido de imaginación.  Daba olor a vida, a deseo, a camino fresco.  Olor azul, a tardes de luz exprimidas en mis pensamientos y untadas en mi piel. Olor a flores mimosas, olor a encuentro, a ternura.
Mis brasas ya estaban atizadas, necesitaban paz húmeda para reposarse de nuevo y regresar a la calma que me alejaba del vacío… Y la tuve, la abracé hasta que se alojó en mi pecho.

Aún me queda una ración que guardé del día que no estuve, del día de mi fuga, cuando me encontré conmigo y saqué de mis brasas aturdidas mis mejores ingredientes para poder seguir estando.  Y esa ración que conservo la quiero compartir…

viernes, 20 de enero de 2017

Una historia que tal vez no fue. O tal vez sí...


Era un día cualquiera, quizás era una tarde, tal vez una noche. Era un mes cualquiera de un año cualquiera. Había dos desconocidos que no sabían por qué estaban allí, si era que realmente estaban. Tal vez nadie los veía, tal vez todos los miraban. No sabían lo que sentían, o tal vez no sentían lo que sabían.  A veces temblaban, a veces soñaban, quizás sufrían, quizás reían, quizás vivían. Estaban y no estaban. Eran luz y eran sombra, un sueño tal vez. Ella cantaba, él susurraba, quizás se escuchaban, quizás se pensaban.  Se miraron sin saber que lo hacían. Se tocaron sin acercar sus manos. Se pensaron casi sin pensar, se desearon casi sin querer.  Buscaron en la sombra la luz que no estaba. Sintieron en sus vientres las caricias que no había.  Eran lluvia en días de sol, eran nieve en días de calor, eran fuego escapado del invierno, viento en el vacío, olas en el desierto.